Prosigue con la narración de su segundo rapto en Perú como quien no quiere la cosa. Muy temprano , él sabe que madrugo porque para eso ha vivido en casa durante mucho tiempo , me llama por teléfono avisándome de su próxima venida. Me pregunta , antes de decir nada de lo que va a contar , si estoy presto a oírlo . Al decirle yo que sí , que desde luego , me anuncia , como un tren , que su entrada se producirá a las nueve y diez de la mañana . Él viene y procede de su casa situada no muy lejos de la nuestra , de la mía.
Wilhelmus , prosigo con la narración de lo que te conté ayer sobre mi segundo rapto . En la selva amazónica lo pasé mal , tanto por el trato recibido por mis secuestradores como por los seres inanimados que la habitan.
A una picadura sucedía un mordisco y a este otro. Como si se tratase de una manzana que se mordisquea en medio del campo porque no hay cubierto para tomarla . Igual que tú me has contado que las comías por los campos y los cerros de la viñas de Osuna , pero con las diferencias de que las selvas amazónicas no son lo mismo que aquellas viñas de Osuna ,ya desde hace tiempo no las hay, y de que ahora el mordisqueado y maltratado por todo bicho viviente , raptor , secuestrador , indio o no , soy yo , Titín .
Al quinto día de padecer molestias enormes de todo tipo , un indio amazónico me condujo , a través de un intrincado camino , por el que yo me sentía incapacitado para hacer el viaje de vuelta , a un ribazo de la corriente fluvial , pienso que se trataba de un afluente del río Amazonas , en el que el indio pescó alguna piraña que otra , entre cantos de pájaros y chillidos de monos de todas las especies, desde la orilla y se las zampó sin previo ofrecimiento a mí que más hambre tenía que un repartido. Carecía el indio de una elemental delicadeza como me había demostrado a lo largo de la marcha . Yo desconocía hasta el nombre o el apodo de mi raptor y guía indio . Los árboles de la selva , muy altos y frondosos , apenas dejaban paso a los rayos solares. Miré mi reloj con el fin de orientarme en aquella obscuridad húmeda y alrededor de las cinco de la tarde , calculo , alcanzamos un calvero en cuyo centro se alzaba una elevadísima torre por la que se podía subir mediante rampas , un zigurat , hasta las nubes o el mismo cielo .
Junto a esta construcción una máquina férrea , de hierro como lo son todas las máquinas férreas, mostraba una portezuela por la que se podía ascender a las alturas y un ascensor por si no se quería hacer piernas .
Yo opté , con el fin de observar y saber por dónde iba , por las rampas. Así que ascendí , mal acompañado por el indio , hasta una altura equiparable a un octavo o noveno piso , en el que una terraza aparecía en todo su esplendor ya que la altura de los árboles más cercanos no le llegaba ni al ombligo como de forma vulgar se dice .
En la terraza se encontraba la fábrica de la estupidez humana , de la que salían productos sin descanso. Uno tras otro se iban sucediendo a medida que iban saliendo y , entre ellos , vi a muchos conocidos y a otros que de nada conocía pero que podía conocer en el futuro.
No era la primera fábrica oculta cuyo emplazamiento se me ponía ante los ojos en el desarrollo de mi viaje tras ser abandonado al pie del altar por Titina. Era la segunda y con las dos , raptos aparte , me sentía satisfecho. Mi conocimiento del hombre y de sus circunstancias había llegado a un punto culminante que , por otra parte , ya intuía.
Los pormenores que se dieron en mi viaje de vuelta con el indio del que te he hablado , cuyo nombre sigo sin conocer al igual que su apodo , no creo que merezcan la pena conocerse porque poco aportan a la trama de mis viajes. Solo quiero adelantarte , carus , o caro , Wilhelmus , que a punto estuve de cometer una tontería más de las que he cometido en mi vida quizá influido por los múltiples productos que eran expedidos por la boca de la fábrica como mantecados de Estepa o paquetes de tabacos.
Debo hacer constar que , hasta ahora , el error más grave de los que he cometido en vida fue el de confiar en el amor de Titina y que , en comparación con él , poco o nada significa . A pesar de ello , te digo en que consistió.
Caminando yo tras el indio que me conducía por aquél camino verde , osé preguntarle por su nombre o su apodo . El indio me indicó que le habían cortado la lengua y nada podía decirme sobre lo que le preguntaba ni sobre nada . Tras la indicación del indígena , no volví a abrir la boca hasta que nos cruzamos con otra comitiva que parecía , por la dirección que llevaba , ir hacia la fábrica de la estupidez humana y , ni corto ni perezoso , pregunté a un miembro de ella , que parecía por sus rasgos europeo , que hacia dónde se encaminaban .
¿ Adónde va a ser ? , me dijo en castellano con un leve acento catalán . A la gran fábrica de la estupidez para comprar nuevos productos que nos han pedido desde España . Es nuestro principal país comprador. Nuestro principal importador se reafirmó poniendo énfasis en las tres primeras palabras.
El indio que no tenía lengua me miró amenazante y seguí mi camino sin saber muy bien cuál era ni
dónde estaba . Sabía que estaba en la Amazonía , pero desconocía la zona a la que me habían llevado los raptores ni con la intención con la que me habían secuestrado . El indio y sus compinches lo sabrían , pero yo no.
Al llegar a la propia ceja de los Andes , tomamos un todoterreno que era necesario para recorrer aquellos vericuetos y , sin más , me llevaron al aeropuerto limeño . Ya , en mi viaje , había llegado a conocer dónde estaba la fábrica del azar y dónde estaba la de la estupidez . Las dos fuerzas que mueven el mundo...y sobre las que gira. Vicisitudes que me habían ocurrido en mis dos primeras etapas del viaje alrededor de la Tierra emprendido para olvidarme del gran chasco conocido por los lectores del blog.
Titín : se te habrá quedado la boca seca dije ofreciéndole un café y , aceptándolo , respondió : Wilhelmus , otro día te contaré más vicisitudes de las que me han ocurrido en el largo viaje.
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