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EL BLOG DE GUILLERMO ÁLVAREZ DE TOLEDO PINEDA. Blog independiente y de temas multicolores. Entre ellos , el tema estrella : Historia de los Álvarez de Toledo Golfín. Etiquetas temáticas en la parte inferior y lateral con las gracias por entrar y leerme.Unas gotitas de humor no van mal en la cazuela de la VERDAD y mucho pueden decir.

martes, 31 de agosto de 2010

HERNÁN PI Y PONS, HOMBRE FEO E INTELIGENTE

La tienda se abría, con puntualidad británica de buen reloj, de nueve a dos, en horario de mañana, y de cinco a nueve en horario de tarde. Domingos y festivos cerrado por descanso.
Situada en el centro histórico de la pequeña ciudad, no más de sesenta mil habitantes, la rodeaban establecimientos modernos regentados por multinacionales, franquicias y algún que otro mesón típico de calidad que le daban categoría. Entre estos, la zapatería, mejor alpargatería única del municipio, destacaba por su humildad y vetustez. Su superficie no alcanzaba los cuarenta metros cuadrados, incluyendo trastienda donde, en estanterías de madera de pino de Flandes, se alineaban, por números, los múltiples modelos de calzados, todos con suela de esparto; y un minúsculo cuarto de baño por si algun cliente quisiese desaguar aguas mayores o menores. No era lo corriente. A pesar de su escasa utilidad, los lavabos estaban limpios como chorros de oro y bienolientes. Daba gusto pasar y lavarse las manos por el olor a alhucema. Frente a la estrecha puerta de entrada, tronera más que otra cosa, el sobrio mostrador, del mismo pino que las estanterías exteriores e interiores. Sobre la puertecilla que daba acceso a la trastienda, presidiendo el lugar, un esparvel disecado, con sus alas desplegadas, dándose pisto de águila real.

Aquí y acullá, esparteñas, zapatillas, babuchas, sandalias y calzados, todos con suelas de esparto, la stippa tenax de la Hispania árida que los romanos utilizaron para el cordaje de sus naves. Había, incluso, zapatos de piel de cerdo u oveja con suelas de esparto.

A un lado y a otro de la portezuela que daba paso a la tienda desde la céntrica calle comercial, dos anaqueles, probablemente ocupando los huecos de dos ventanas laterales cegadas, mostraban, en verano, estación en la que Hernán Pi y Pons hacía su particular agosto, los modelos de zapatos infantiles. Abundaban los de lona de colores habidos y por haber, todos con suela de esparto.

Dos sillas de anea y respaldos de palitos torneados que podían ser rondeñas se ofrecían al cliente para que , en ellas, depositara sus posaderas mientras se descalzaba y calzaba.

En el piso superior de la tienda, con balconcillo sobre la puerta y dos ventanucos armónicos con las líneas de la fachada, vivía , mal que bien, Hernán Pi; de quien sus colegas vecinos, tan vendedores como él, pero tan distintos a él, solían burlarse tanto en lo referente a lo anticuado y lóbrego del establecimiento como en lo concerniente a sus parvos apellidos de tufo catalán.


Los sarcasmos de sus horteras vecinos se extendían, de igual forma, a su físico y etopeya. Su cuerpecillo, ágil y casi volandero, le permitía subir a lo más alto de los estantes con la rapidez de un funámbulo. En un santiamén trepaba por la escalera de mano y bajaba con el modelo y número solicitado y una sonrisa de oreja a oreja. Solícito, abría la caja de cartón de lo solicitado; y un olorcillo de verano antiguo se extendía por la tienda. Hernán siempre se mostraba dispuesto a hacer alguna rebaja sobre el precio marcado, no en moneda circulante, sino en pesetas. El artículo más caro a la venta, el esparvel o gavilán, las sillas de anea y las bombillas que alumbraban el recinto no se vendían, apenas alcanzaban la veintena de euros, 3328 pesetas. El peculiar cuerpo de Hernán no alcanzaba el metro y medio de estatura ni el quintal castellano en báscula. Braquicéfalo y calvo como bola de billar, de rostro cetrino y mirada bisoja, se prestaba a chanzas, burlas y chistes de desigual gusto tanto por parte de colegas como de clientes que entraban a la zapatería para pasar el rato. Él, tan poco agraciado por la naturaleza que le había dado fealdad y, a cambio, unos genes inteligentísimos que le permitían sobrevivir en un caldo de cultivo insano, guardaba como buen paño en arcón de cedro de El Líbano, su última carta; su venganza.


Apalabrado tenía con su novia, Clarita, tan minúscula como él y viuda sin hijos que no quiso matrimoniar con Fernán para no perder la pensión, el epitafio que se grabaría en la losa de su sepultura cuando llegase el infausto momento. A manera de seguro de epitafio, había testado a favor de su compañera de tálamo nupcial sin nupcias. En caso de fallecimiento de la novia antes que el novio, a favor de los sobrinos de ella por orden de sexo ( primero los varones y tras ellos las hembras) y de edad ( del menor al mayor para más seguridad en el cumplimiento de las mandas).

Hernán falleció, a consecuencia de un mal paso-vuelo en la escalera de manos por la que con agilidad de gato alado subía y bajaba, un martes y trece. Tal mamporro se propinó el probo, no tan pobre e inteligentísimo moharracho, que un chichón, cárdeno-morado, le sobrevino y sobrepuso en su testa, con tal prominencia que impedía cerrar la tapa del ataúd.

Aún más feo muerto que vivo, recibió sepultura, digna y propia para la que había ahorrado con largueza,. Tras la fecha de su muerte, el epitafio vengador : EN ESTE DÍA Y MES MÁS ARRIBA INDICADOS ABANDONÉ EL MUNDO DE LOS IMBÉCILES. MERITA AUGUSTA SIT VOBISCUM.

Clarita y sus sobrinos no estaban incluídos en el colectico al que aludía el epitafio

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